Los pies son el soporte del cuerpo, en ellos se localiza casi una cuarta parte de los huesos del esqueleto humano y sin embargo muchas veces no se les presta la suficiente atención. Son órganos vitales no sólo en la práctica deportiva sino también para poder realizar las actividades cotidianas.

Contienen miles de terminaciones nerviosas que tienen su reflejo en otras zonas del cuerpo humano, por lo que si se cuidan y se mantienen sanos, el estado físico general del organismo también lo estará. Por el contrario, cualquier alteración en su morfología puede provocar molestias y dolores que afecten a todo el cuerpo.

Se calcula que las personas dan entre los 8.000 y 10.000 pasos al día, lo cual, a lo largo de su vida equivale a recorrer unos 200.000 kilómetros, o lo que es lo mismo, rodear cuatro veces el globo terráqueo. Con estos datos se puede imaginar el estrés al que los pies están sometidos a lo largo del día y la necesidad de cuidados que pueden requerir, al igual que el resto del cuerpo.

Cada individuo, además, tiene una personalidad mecánica para desplazarse, bien sea con las puntas de los pies hacia adentro o abiertas, o con las piernas más o menos arqueadas. Sin embargo en todas ellas el pie canaliza estas formas para hacer que las personas puedan andar.

La práctica deportiva, caminar mucho con zapatos que no son lo suficientemente blandos o que comprimen los pies, o simplemente tener que soportar un número elevado de kilos hacen que estas extremidades se resientan, haciendo que la capa superficial de piel se vaya engrosando hasta originar durezas bajo la planta del pie y callos, tanto sobre los dedos como entre éstos mismos.

Asimismo, una transpiración insuficiente puede provocar sequedad y asperezas en la piel y, especialmente en verano, si se debe permanecer durante un tiempo prolongado con los mismos zapatos, es fácil que el pie se recaliente y se produzcan hinchazones.

Ampollas y deformaciones
Un problema que la mayor parte de las personas ha padecido alguna vez son las ampollas. Por lo general, existe una pequeña diferencia de tamaño entre el pie derecho y el izquierdo y eso suele hacer que generalmente aparezcan en el mismo lugar. Son una reacción natural de la piel que, ante una fricción excesiva forma una pequeña bolsa. Si ésta llega a romperse, el dolor aumenta porque las terminaciones nerviosas quedan expuestas al exterior.

Para curarlas, hay que limpiar la zona afectada con agua y jabón o suero fisiólógico. Una vez seca se debe aplicar un antiséptico y cubrir. Existen unos apósitos especiales que hacen que la herida cicatrice antes.

La moda muchas veces tampoco ayuda en este sentido. Generalmente prevalece la estética a la comodidad, con tacones más altos de lo recomendable que pueden acabar repercutiendo en la espalda, zapatos sin talón que obligan a los dedos a trabajar más de la cuenta para sostener el calzado y tiras muy finas que se clavan en la piel.

Como consecuencia, la estructura fisiológica ósea del pie puede alterarse y hacer que aparezcan deformidades y otras patologías. En ocasiones, el pulgar suele llegar a desviarse de forma que no se mantiene alineado con el resto de los dedos sino que les hace daño, provocando lo que se conoce como “dedos martillo”, que además lastiman la piel de los dedos cercanos, dando lugar a ulceraciones y nudosidades.

Los expertos consideran que, a la hora crear los diseños de calzado, es importante elegir la altura del tacón, la anchura y sobre todo que sea una pieza cómoda. Muchas veces la moda y la confortabilidad están reñidas y hay que encontrar el punto de equilibrio entre las dos.

A la hora de comprar zapatos hay que tener en cuenta que las extremidades inferiores suelen acusar las variaciones de peso de la persona, la temperatura exterior o el embarazo. Lo más importante es que sea un calzado que sujete bien el pie. Conviene probarse el par completo para cerciorarse de que ambos pies se encuentran a gusto y tener en cuenta que a última hora de la tarde y especialmente si se ha estado de compras, los pies suelen estar hinchados, con lo que se corre el riesgo de elegir unos zapatos que luego queden grandes.

Si se trata de comprar calzado infantil, conviene dirigirse a establecimientos especializados y elegir zapatos suaves, que se adapten bien a la estructura del pie y que dispongan de espacio libre en la puntera para permitir que el niño pueda mover bien los dedos y que no le haga daño cuando el pie crezca. Para saber si el tamaño es el correcto, entre la puntera útil del zapato y el dedo más largo debe caber el grosor de un dedo. De cualquier forma, conviene observar si el calzado nuevo ocasiona a los pequeños rojeces o ampollas

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